El deporte internacional vuelve a colocarse en el ojo del huracán tras la reciente decisión del Comité Olímpico Internacional de retomar los test genéticos de feminidad como requisito para competir en pruebas femeninas. La medida, que apunta a implementarse a partir de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, revive un debate histórico que combina ciencia, ética y derechos humanos.
La discusión sobre cómo definir la elegibilidad en el deporte femenino no es nueva. Ya desde los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 surgieron dudas y polémicas en torno a la apariencia física de algunas atletas, en una época donde no existían reglas claras.
Durante décadas, las deportistas fueron sometidas a controles invasivos, desde exámenes físicos hasta verificaciones ginecológicas. Uno de los episodios más cuestionados ocurrió en 1966, cuando en el Europeo de Budapest se realizaron los llamados “desfiles al desnudo”, considerados hoy como una práctica humillante.
La era de los test genéticos
A partir de 1967, organismos como el COI y la World Athletics (antes IAAF) implementaron pruebas cromosómicas para determinar la elegibilidad femenina. Inicialmente se buscaban los llamados “corpúsculos de Barr”, y más adelante se introdujo la detección del gen SRY, asociado al cromosoma Y.
Sin embargo, la comunidad científica comenzó a cuestionar estos métodos. Expertos como Albert de la Chapelle advirtieron que el sexo biológico es más complejo que una simple prueba genética.
Casos como el de la atleta española María José Martínez Patiño evidenciaron las fallas del sistema. Descalificada por poseer cromosomas XY, posteriormente se comprobó que tenía insensibilidad a los andrógenos, lo que le impedía obtener ventaja competitiva.
Finalmente, en 1999, el COI abandonó estos test por considerarlos poco concluyentes y costosos.
Testosterona y disputas legales
El debate tomó un nuevo giro en 2009 con el caso de la sudafricana Caster Semenya, campeona mundial de 800 metros, cuya condición de hiperandrogenismo abrió la puerta a regulaciones basadas en niveles de testosterona.
A partir de entonces, se establecieron límites hormonales para competir en ciertas pruebas, lo que derivó en disputas legales. La velocista india Dutee Chand llevó su caso ante el Tribunal Arbitral del Deporte, logrando que se exigieran evidencias más sólidas sobre la relación entre testosterona y rendimiento.
Francia alza la voz contra la medida
La decisión del COI no ha pasado desapercibida en el escenario internacional. Francia expresó su “gran preocupación” por el restablecimiento de estas pruebas, calificándolo como un “paso atrás”.
La ministra de Deportes, Marina Ferrari, manifestó la oposición del país a la generalización de los test genéticos, señalando que plantean “numerosas cuestiones éticas, jurídicas y médicas”. Además, recordó que la legislación francesa en materia de bioética prohíbe este tipo de pruebas, lo que añade un nuevo ángulo al debate global.
Un debate que sigue abierto
El regreso de los test genéticos marca un nuevo capítulo en una discusión que está lejos de cerrarse. Mientras algunos defienden la medida en nombre de la equidad competitiva, otros advierten sobre los riesgos de retroceder hacia prácticas excluyentes o poco sensibles a la diversidad biológica.
El reto para el deporte mundial será encontrar un equilibrio entre la justicia competitiva y el respeto a la dignidad de las atletas, en un contexto donde la ciencia continúa evolucionando y las exigencias sociales apuntan hacia una mayor inclusión.